jueves, 27 de junio de 2019



Salida

Susurros femeninos de destinos, quizás una pequeña apertura o interferencia o desaparición en cada uno de ellos: pasaje de elevación.

Luego de la Elevación el Crepúsculo. Los pilotos en el crepúsculo púrpura inevitablemente huyen. Cuantas selvas pixeladas debajo, cuantas bestias dormitando o danzando. Tomas el mando en tu cabina rojiza, y piensas en los pequeños juegos de luces blancas y películas del futuro en la pequeña cocina de la familia. Las estrellas se desplazan a la misma velocidad que el avión sónico.

El demonio es evocado en un tablero convocador de espíritus. Alguna revelación porta, algún metal dividido a mi mano, oculto tras mis recovecos mientras avanzo por los recovecos de las rutas del aire. Observo al copiloto que observa el estadío demoníaco de los territorios externos y algún brusco cambio en nuestro pronto devenir.

La salida ha sido realizada. Se avanza en el vacío como la eterna habitación. A partir de aquí sólo las lágrimas serán los rayos de alguna tempestad, sólo las manos cubiertas por guantes de cuero, serán la carne desgarrada de tantas criaturas desvanecidas. Un motor reaccionando en el interrumpible espacio, sin barreras, sean estas de odio o amor. ¿Podremos divisar el silbido de algún meteoro sin rumbo?

Las conexiones se entrelazan nuevamente. En la más fría soledad se encontrarán nuevos planos de contacto. Virajes que aparentan una nada absoluta poseen sutiles significados. No olvidamos las rutas del inicio ni las rampas de dirección, las reencontramos y nos direccionamos al núcleo. Los arbustos sombríos hoy son virtuales y glaciales, se vislumbran en esta oscuridad ínfimamente. La tempestad de las lágrimas en verdad se constituía a través de la tormenta edificada en el cielo total. La carne desgarrada se entrelazaba sangrando en los seres que creímos perdidos.

Un remoto avistamiento del portal, que claramente da pavor; algunas cascadas de electricidad. La nave flota lentamente ya dentro de la bóveda azulada. Luego de un tiempo en el agradable recorrido, la mirada del copiloto, del amigo, comienza a disolverse; y mis manos ya dejan de ser mías.