Salida
Susurros femeninos de destinos, quizás una pequeña apertura o interferencia o desaparición en cada uno de ellos: pasaje de elevación.
Susurros femeninos de destinos, quizás una pequeña apertura o interferencia o desaparición en cada uno de ellos: pasaje de elevación.
Luego
de la Elevación el Crepúsculo. Los pilotos en el crepúsculo púrpura
inevitablemente huyen. Cuantas selvas pixeladas debajo, cuantas bestias
dormitando o danzando. Tomas el mando en tu cabina rojiza, y piensas en los
pequeños juegos de luces blancas y películas del futuro en la pequeña cocina de
la familia. Las estrellas se desplazan a la misma velocidad que el avión
sónico.
El
demonio es evocado en un tablero convocador de espíritus. Alguna revelación
porta, algún metal dividido a mi mano, oculto tras mis recovecos mientras
avanzo por los recovecos de las rutas del aire. Observo al copiloto que observa
el estadío demoníaco de los territorios externos y algún brusco cambio en
nuestro pronto devenir.
La
salida ha sido realizada. Se avanza en el vacío como la eterna habitación. A
partir de aquí sólo las lágrimas serán los rayos de alguna tempestad, sólo las
manos cubiertas por guantes de cuero, serán la carne desgarrada de tantas
criaturas desvanecidas. Un motor reaccionando en el interrumpible espacio, sin
barreras, sean estas de odio o amor. ¿Podremos divisar el silbido de algún
meteoro sin rumbo?
Las
conexiones se entrelazan nuevamente. En la más fría soledad se encontrarán
nuevos planos de contacto. Virajes que aparentan una nada absoluta poseen
sutiles significados. No olvidamos las rutas del inicio ni las rampas de
dirección, las reencontramos y nos direccionamos al núcleo. Los arbustos
sombríos hoy son virtuales y glaciales, se vislumbran en esta oscuridad
ínfimamente. La tempestad de las lágrimas en verdad se constituía a través de la
tormenta edificada en el cielo total. La carne desgarrada se entrelazaba
sangrando en los seres que creímos perdidos.
Un
remoto avistamiento del portal, que claramente da pavor; algunas cascadas de
electricidad. La nave flota lentamente ya dentro de la bóveda azulada. Luego de
un tiempo en el agradable recorrido, la mirada del copiloto, del amigo,
comienza a disolverse; y mis manos ya dejan de ser mías.